Preludio del capitulo 3 y 4, Gran Capitulo
El Quiebre de las Almas
La noche en que se apagaron los ojos de la inocencia
I. El precio de pensar en las lomas de Cazucá
Al otro lado de la gran urbe, donde Bogotá deja de ser ciudad y se convierte en un laberinto de polvo, láminas de zinc y viento helado, se extienden las lomas de Cazucá, en Soacha. Allí, donde la miseria parece pegarse a la piel como el hollín de los autobuses, vivía Leonardo. A sus diecisiete años, era un muchacho que parecía fuera de lugar: de tez pálida, inusualmente alto, extremadamente delgado y con una postura encorvada que delataba su timidez.
un dia cualquiera los muchachos ary andrea y ana en una venta entre el colegio de ellas con el colegio de leonardo se conocen y hacen una buena amistad, ana que es mas esoterica se los lleva a una aula del colegio y les lee el tarot, Leonardo dice que el no cree en eso , Ana esta en schock pues las cartas le dicen que al fin estan reunidos los cuatro que la torre y la muerte les avisa de un cambio que los destruira pero que si sobreviven saldran d ela muerte, ary y andrea le dicen a ana que deje eso que no es de Dios , Ana los toma de la mano y les dice que deben estar unidos.
Leonardo estudiaba en un colegio de caridad dirigido por sacerdotes católicos, una estructura de ladrillo desgastado que se alzaba como un fortín en medio de las barriadas. Mientras la mayoría de los muchachos de su edad buscaban en el fútbol o en las esquinas una forma de evadir la dura realidad, Leonardo se refugiaba en los libros. Apasionado por la lectura, devoraba cualquier novela, tratado de historia o trozo de periódico que cayera en sus manos. En clase era siempre el más participativo; levantaba la mano antes de que el maestro terminara la pregunta, ganándose el apodo despectivo del "cerebrito" de la clase.
Pero en Cazucá, destacar por encima de la media se pagaba caro.
Fabián y Miguel eran dos de sus compañeros de aula. Muchachos de mirada turbia, curtidos por el abandono y metidos de lleno en el consumo de pegante y bazuco, veían en la vulnerabilidad de Leonardo el blanco perfecto para descargar sus propias frustraciones. Leonardo no era bueno para los deportes; sus piernas largas tropezaban con el balón y carecía de la malicia física para defenderse. Ese desbalance alimentaba el rencor de Fabián y Miguel, quienes planeaban desde hacía semanas darle una lección de la que nunca pudiera olvidarse.
La tarde de un viernes gris y frío, Fabián se acercó a Leonardo con una inusual amabilidad que debió haberlo alertado. Con mentiras y la falsa promesa de devolverle un libro que le había quitado días atrás, lo convenció de caminar hacia la parte alta de la loma, donde las casas desaparecían y solo quedaban pastizales secos barridos por el viento de la cordillera.
Al llegar al pastizal desolado, la trampa se cerró. Miguel apareció de entre los matorrales. Sin mediar palabra, un puño en el estómago dobló a Leonardo por la mitad, haciéndolo caer sobre la hierba seca. Los ruegos del muchacho solo encendieron más la crueldad de sus atacantes. Entre insultos y risas ahogadas por la adrenalina del vicio, Fabián y Miguel lo golpearon hasta dejarlo sin aliento. Pero el horror no terminó con los golpes. En medio de la soledad de la loma, despojándolo de su dignidad, abusaron cruelmente de él. Leonardo lloró, no solo por el dolor físico que le desgarraba el cuerpo, sino por la humillación insoportable de ver su existencia reducida a la nada bajo el cielo indiferente de Soacha.
A altas horas de la madrugada, cuando el frío de la montaña congelaba la hierba, Leonardo logró ponerse en pie. Con la ropa maltrecha, sucia de barro y fluidos, desgarrada por los lados, empezó a correr. Corrió sin rumbo por la Autopista Sur, con el llanto atragantado en la garganta y la mirada completamente perdida. Su mente, antes llena de versos e historias de héroes, se había quedado en blanco. Exhausto, temblando de frío y dolor, llegó al centro de Bogotá al amanecer, mimetizándose entre las sombras de los primeros transeúntes, completamente desorientado, arrastrando el cadáver de su antigua vida.
II. La traición en el orfanato
Esa misma tarde de viernes, a kilómetros de allí, el silencio habitual del orfanato envolvía la habitación que compartían Andrea, Ana y Ary. Las tres hermanas se encontraban descansando, ajenas a la tormenta que se gestaba en los pasillos exteriores.
Ericka, otra de las huérfanas del lugar, arrastraba su propio historial de resentimientos. Novia de Berna, el líder de la banda local, Ericka se había convertido en su cómplice dentro del internado. Usando su astucia, logró sustraer la llave de la habitación de las tres hermanas, entregándosela a Berna bajo la promesa de que "les darían un susto" para bajarles los humos.
Al caer la noche, cuando el edificio quedó sumido en la penumbra y los pasos de las monjas se alejaron hacia sus celdas, el cerrojo de la habitación giró silenciosamente.
La puerta se abrió de golpe, revelando cuatro siluetas oscuras. Eran Berna y tres de sus secuaces más fieles: Antonio, Mauricio y Joaquín. Todos llevaban pasamontañas negros que ocultaban sus rostros, pero sus ojos brillaban con una excitación siniestra. En sus manos portaban armas blancas y un revólver oxidado que usaron para amedrentar a las jóvenes antes de que pudieran gritar.
—Silencio si no quieren que las dejemos frías aquí mismo —susurró Berna, pegando el cañón del arma a la frente de Andrea.
Lo que siguió fue una pesadilla de pavor y repugnancia. En la oscuridad de la habitación, cada uno de los delincuentes acorraló a una de las muchachas, sometiéndolas a un abuso brutal e implacable. Las lágrimas corrieron en silencio por las mejillas de Ary; Ana intentó luchar hasta que la fuerza de su agresor la dejó sin aire; y Andrea grabó en su memoria la voz de Berna, jurando en su fuero interno que la vida le daría la oportunidad de cobrarse cada gramo de esa humillación. Cuando los hombres se marcharon, dejando tras de sí un rastro de sábanas desordenadas y un olor rancio a alcohol y sudor, el silencio volvió a reinar, pero la inocencia de las tres hermanas se había esfumado para siempre.
III. El peso del silencio y el abismo del "submundo"
Los días siguientes en el orfanato fueron un calvario de miradas esquivas. La madre Caridad, una de las religiosas a cargo, no tardó en notar un cambio drástico en la actitud de las tres muchachas. Ellas, que solían ser un apoyo mutuo en medio de la disciplina del internado, ahora se movían como fantasmas. Siempre tristes, con la mirada fija en el suelo, se negaban a hablar. Caridad intentó acercarse, pero la barrera del trauma era insalvable; el miedo a ser juzgadas o expulsadas las obligó a sellar sus labios con el candado del silencio. Solo se comunicaban con gestos mudos de dolor, cargando el peso de una vergüenza que no les pertenecía.
Mientras tanto, en las calles del centro de Bogotá, Leonardo iniciaba su descenso al infierno. Sin un hogar al que regresar, incapaz de mirar a su familia a los ojos tras lo sucedido en Cazucá, el joven se refugió en los rincones más oscuros de la capital. El dolor físico dio paso a un entumecimiento mental que solo el bazuco y las sustancias baratas podían ofrecerle.
Poco a poco, Leonardo se fue despojando de su humanidad. Sus manos limpias, que solían pasar las páginas de los libros, ahora se manchaban de hollín y mugre al buscar comida en la basura. Su figura delgada se encorvó aún más, adaptándose a la postura del indigente que intenta hacerse invisible para evitar los golpes de la policía o de otros habitantes de la calle. Su mente brillante se apagó bajo el influjo de la droga, encontrando en la inconsciencia del bazuco el único analgésico contra la memoria de aquella tarde en las lomas de Cazucá.
Para Andrea, Ana, Ary y Leonardo, la vida les había propinado un golpe definitivo antes de cumplir la mayoría de edad. En sus almas ya no quedaba espacio para la esperanza. Sentían que sus espíritus estaban perdidos en un laberinto sin salida y, al mirar el abismo gris de la Bogotá nocturna, los cuatro compartían un mismo y silencioso anhelo: el deseo ferviente de no pertenecer más a este mundo.
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